La obra social de "la Cosmopolita" fue de avanzada para su época, con los servicios médicos de los Dres. Macome, Bertoni, Pronsato y Garay, como también con la cesión de medicamentos provistos por la Farmacia de Néstor de la Peña.
La construcción es de estilo colonial.
La sala teatral permite albergar a más de 500 personas. Todas las aberturas son de madera maciza; en su gran mayoría pinotea. El escenario ocupa 60 m2, contando con dos camarines para los artistas.
Las restantes dependencias la integran 5 salones/aulas de diferentes dimensiones, aptos para el dictado de clases o reuniones menos numerosas.
Las instalaciones sanitarias la conforman 4 baños y un sector fuera del salón, como baños de caballeros.
Lindante con el Teatro se encuentra un patio libre de 250 m2, que era utilizado como pista de baile durante el verano.
El consumo de luz eléctrica era suministrado por la Cervecería Bieckert quien, a su vez, apadrinaba a la institución. Con su aporte, en el año 1923 se colocó la piedra fundamental para la construcción del Salón Teatro.
Este lugar, por los años 30 era el biógrafo de películas mudas con música de fondo en vivo. Los pisos del salón, encerados a mano raspando velas, fue adquiriendo fama en toda la zona por el permanente desfile, en su escenario, de grandes orquestas: Canaro, D Arienzo, Feliciano Brunelli, como también Compañías de teatro y actores como Héctor Bates, Juan Carlos Chiappe y casi todos los radioteatros de la época.
También en el Cosmopolita hicieron sus primeras experiencias grupos y conjuntos locales que luego continuaron su actividad de manera profesional, y desde ya la mayoría de las fiestas escolares eran realizados aquí.
La historia más reciente recuerda que en sus salones y junto a la iniciativa de distintas entidades de la zona, se comenzó a proyectar la actual Universidad de Lomas de Zamora.
La llegada de nuevos sindicatos con servicios similares a la Cosmopolita, la falta de aportes de la Cervecería, y el decaimiento de los pocos socios que integraban la Comisión Directiva, hizo que el edificio se fuera deteriorando y de a poco cerrando sus puertas a la Comunidad.
Si no aprendemos a querer lo que hicimos, tampoco tendremos motivos para pensar en un futuro mejor.