Tiendes tu mano gastada al sol, mendigando un rayo de luz para iluminar tu alma.
¿Qué pides en tu limosna?. ¿Marrocos?. ¿Monedas?. ¿Libertad?.
Las gentes te desprecian. Eres para ellos la enfermedad y a la vez la salvación del infierno.
Pasan junto a ti, te creen estatua o estorbo y te arrojan las sobras, escapando con ligereza.
Lo miran tus ojos ateridos, no oyen tu voz de ruiseñor envejecido, ni rozan tu piel de nogal o tu ropaje de otoño. Es que ignoran los extraños caminos del destino.
Si viesen tu imagen reflejada infinitamente sabrían que tus arcaicas manos sostienen el universo, que los vendavales son tu aliento y los océanos, tus lágrimas sutilmente derramadas. Sabrían que bajo tu manta se esconde Dios y si ahondaran en tu mirada descubrirían allí también la prueba de lo absoluto.