Ensayaba mi papel principal y no conseguía memorizar el texto.
El director refunfuñaba de bronca porque se acercaba el día del estreno y yo no lograba entrar en clima. Finalmente me acestó:
- Jorge, hoy es tu última oportunidad. Si no te concentrás y aprendés la letra, voy a tener que reemplazarte.
Sonó duro y desconcertante. Yo deseaba ese papel, más precisamente en ese teatro y en ese escenario.
¿Cómo lograrlo?
Mientras lo pensaba y repensaba, entró Santiago, el portero, cuidador, electricista y conocedor de todos los rincones del teatro.
- Santiago –dije con alegría, pues creía ver en él una ayuda a mi problema – Necesito hablar con usted.
- Cuando guste – contestó Santiago muy atento.
Terminado el ensayo general, vi en los rostros de mis compañeros de elenco signos de preocupación, angustia y resignación. Con evidente ansiedad llamé:
- Santiago, por favor. Lo necesito
- Diga usted.
Luego de explicarle los pormenores y con lujo de detalles el problema en el que me encontraba, él, muy suelto de cuerpo, me contestó:
- Eso que usted siente se llama pánico de escena y le ocurre a todos los actores. No tema, ya pasará.
Moví la cabeza con cierta incredulidad. No me conformaba la respuesta de aquel hombre.
- Estoy seguro de que usted habrá visto, en tantos años, muchas obras de teatro.
- Sin duda, pero lo mejor de todo es cuando termina la función y se retira la gente
- No le entiendo – repuse con duda, a lo que me respondió con una risa burlona:
- Es sencillo. Los duendes, los que habitan el escenario, le darán a usted la respuesta.
- Supongo que será una broma, ¿no?
- No señor, de ninguna manera. Lo que usted tendría que hacer es venir aquí una noche de estas y con las luces apagadas instalarse en el medio del escenario y escuchar sus consejos. Si se anima, claro. Reconozco que no es tarea fácil. Usted verá.
Sonaba a desafío y como no soy hombre de emprender la retirada fácilmente, lo acepté de inmediato.
Con vos clara y firme pregunté:
- Santiago, ¿puede ser esta noche?
- Claro que sí, hombre. Lo espero aquí esta noche.
Había cierta picardía en sus ojos.
Llegué sobre la media noche. Enseguida Santiago me abrió la pesada puerta. El chirrido sonó sepulcral en la quietud y silencio nocturnos. El olor a humedad y a encierro acentuaba aún más mi desconfianza.
Intenté agudizar mis sentidos, en especial el oído pero Santiago, muy atento, me interrumpió:
- Todavía no, don Jorge.
Parecía, a simple vista, que ese hombre de aspecto común, desprolijo, mal vestido y con olores corporales agrios supiera leer la mente.
Mientras Santiago llevaba hacia el centro del escenario el sillón de estilo Luis XVI tapizado en tela bordó con grandes flores en color ocre, me dio el último consejo.
- Mire usted, don Jorge, quédese aquí todo el tiempo que quiera. Es más, yo diría que hasta el amanecer, pues algunos duendes salen de paseo y vuelven tarde. Yo me voy a dormir. Esté tranquilo. Siéntese aquí en el sillón, bien cómodo, relájese, no tema y verá cómo enseguida se ponen en contacto con usted.
Lo miré con escepticismo y –por qué no- con cierto temor. Después de todo, acababa de descubrir que no era tan valiente como creía.
Luego de unos minutos las luces se fueron apagando y yo intenté -¡juro que lo intenté!- relajarme en ese sillón húmedo, enmohecido y rechinante.
Al cabo de unos instantes –no podría precisar cuántos- logré dominar apenas mis temores. Sentí una suave brisa en mi cuello, unas pequeñas telas de araña que colgaban del techo acariciaron mi cara y el resto de mi cuerpo. Por momentos, el sillón parecía levitar y mis pies no apoyaban en el piso. No era nada grato.
Sentí cómo mi pulso de aceleraba y mi corazón latía velozmente. Me dije, tratando de controlarme;
- Tranquilo, Jorge, tranquilo. Todo va a salir bien.
Contuve la respiración unos segundos y... una voz aguda y ronca que se oía desde atrás del telón, en lo alto del escenario, afirmó:
- Ya está listo.
No sabía qué pensar ni qué decir, ni siquiera si se refería a mí. Otra voz más suave y cálida acotó:
- No temas, por ahora no digas nada. Escuchá con atención, por favor. Te queremos ayudar, sabemos de tus deseos de ser actor pero te vemos un poco confundido. Realmente, ¿querés ser actor?
Estaba tan impresionado al oír todo aquello que no pude pronunciar una sola palabra. Otra vos contestó:
- Hermano, está muy asustado, dejémoslo para otra oportunidad.
- -¡No! – repuse con tono tembloroso - Para otra vez, no. Que sea hoy, esta noche.
- Bueno, que sea esta noche si así lo querés –acotó la voz.
- ¿Puedo preguntar, ahora?
- Sí, podés.
- Oí que lo llamaste hermano, ¿son ustedes una hermandad, secta o algo así?
Las carcajadas fueron tan estruendosas y de tal magnitud que hasta Santiago se levantó de la cama para llamarles la atención y sugerirles:
- Muchachos, tengan un poco de compasión con el joven, por favor. Comprendan que es primerizo.
Cuando terminaron de reírse y hacer comentarios burlones sobre mí, la voz que parecía más recatada comentó:
- Disculpános, Es que no tenemos muchas oportunidades de reír así. Es tan gratificante. Perdón ¿en qué estábamos? Ah... ya me acuerdo. Te explico un poco: Nosotros somos duendes. Sabés qué son los duendes ¿no?
- Más o menos.
- Bueno, mirá... Para hacerlo sencillo: somos almas que estamos en lista de espera
- ¿Espera de qué? –pregunté incrédulo- Por favor, no se burlen de mí
- No es burla. Mientras el Señor decide en qué nuevo cuerpo tendremos que reencarnar para cumplir nuestra misión, nosotros estamos como en una especie de recreo: Nos escondemos, jugamos... Nosotros elegimos este viejo teatro porque es tranquilo y bastante divertido. Esto, al Señor, mucho no le gusta, pero es un pequeño alivio para nosotros, se nos hace más placentera la espera. Tampoco nos está permitido revelar estos secretos, pero cuando vemos a alguien como vos, un poco confundido, tratamos de ayudarlo. Te diríamos que lo pienses, tu vocación –a nuestro juicio- no está en la actuación sino en la escritura. Creemos que si tenés constancia, tenacidad, trabajás duro y aprendés, podés llegar a ser un buen escritor. Y tal vez te veamos por los escenarios, no como actor, sino como autor de obras teatrales.
- No sé... estoy confundido. No sé qué decir.
Por un instante se hizo un silencio total. Un rayo de sol entró punzante por el tragaluz superior del techo y el aleteo de una paloma repiqueteó fuerte y se alejó.
Se escuchó un silbido estridente. Empezaba a amanecer.
- Buenos días, don Jorge –dijo Santiago con voz risueña- ¿Qué hace usted por aquí tan temprano?
- ¿Cómo qué hago por aquí? ¿No se acuerda de que fue usted el que me abrió anoche la puerta?
- Perdone usted, pero no lo comprendo
- Los duendes, Santiago. ¡Que me relaje!
- ¿Usted se siente bien?
- Claro que me siento bien
- Entonces algo no debe andar bien, don Jorge: ayer fue mi día de descanso y no vine al teatro