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Taller Literario

 

La Cocina

No faltaba ningún ingrediente. Más aun, no había encargado azafrán en hebras, ni curry, tampoco estragón y ahí estaban. Había pedido que lo dejaran solo. Lo acompañaba el rutinario ruido de la heladera.
Trozar las perdices, rebanar los morrones, la cebolla, separar las hojas de laurel, lo sumergían en un desasosiego incómodo. Tal vez, porque para él, los frutos de la naturaleza constituían en su integridad, un alarde de armonía.
Eligió su tabla de picar preferida y, pivoteando la cuchilla sobre el apoyo de su mano izquierda, fue cortando rápidamente los ingredientes.
Disfrutaba esa acción.
Le encantaba la exactitud milimétrica de los sucesivos cortes. Le daba placer ver caer rebanadas, exactamente iguales entre sí, de zanahorias, papas, ajíes, champiñones... Amaba la precisión de su gesto profesional.
Se detuvo un instante. Fijó la mirada en la alacena durante varios segundos. Se secó las manos sobre el delantal. Sin despegar los pies del lugar, giró el eje de su cuerpo a partir de un medido quiebre de cintura y garabateó en el block de notas, uno o tal vez dos párrafos más. Escena que reiteró por lo menos desde media mañana.
Se lo veía seguro, había experiencia en sus movimientos. Podríamos medir el gesto de descolgar la sartén como plásticamente elegante.
Se permitió el exabrupto de hacer un malabarismo con la botella de aceite antes de verter un chorro en la sartén. Tal vez fue el único instante en que una sonrisa surcó su rostro. En su formalidad, le pareció una picardía, una disquisición válida. Le dio placer permitirse esa libertad. En definitiva, en ese momento era el dueño del lugar, un rey todopoderoso, inapelable pero juguetón.
Sin abandonar la sonrisa volvió a escribir. Esta vez fue un fragmento mayor. Al terminar, su rostro reflejaba una inquietud. Miró de soslayo los ingredientes y en voz baja se dijo que no podía permitirse la duda.
Se sentó por un instante brevísimo y se incorporó como un resorte, tomó el chispero y encendió la llama. El inmediato chisporrotear del aceite de oliva en la sartén le anunció el siguiente paso. Doró la magra carne, agregó lentamente, una a una, las verduras, perfumó con el laurel y el romero y roció generosamente con el mejor champaña.
Bajó levemente el fuego. Sabía que comenzaba el fin. Que cada uno de los ingredientes iría fundiéndose con los restantes hasta conformar esa conjunción de sabores y colores que fundaban su jactancia.
Nuevamente se sentó. Decidió dar forma a los últimos apuntes:
"...es condición del liderazgo la inexcusable defensa de los valores que lo sustentan. Entramos en guerra para defender la libertad de todos. Es un paso doloroso, pero inevitable para asegurar un futuro mejor. Sepa nuestra gente y los ciudadanos del mundo comprender y apoyar".
Simultáneamente, unos suaves golpes sobre la puerta distrajeron su atención:
- Señor Presidente, todo está listo para que grabe su discurso.
No contestó, no hacía falta. Solamente se quitó el delantal. Al fin y al cabo, la comida ya estaba casi lista.

Luis Raúl Luna
Junio 2002

 

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