Se sacudió el último resto de sueño y salió a la calle. Todo era soledad y silencio. El farol de enfrente irradiaba su luz lentamente, en círculos concéntricos, como ganándole espacio a la niebla. Miró para un lado, luego para otro, se subió el cuello del abrigo y comenzó a caminar.
Juan War sintió una nostalgia por Londres, algo que solía ocurrir con frecuencia, aunque sólo la conocía por lo escuchado a su abuelo John, en aquellas noches invernales de la chacra de Henderson, cuando la luz eléctrica era un sueño y la televisión algo inter-galáctico.
No supo a ciencia cierta, si era un gancho de los recuerdos o el extrañar demasiado a ese viejo fumador y conversador, que le enseñaba cómo vivir con dignidad, con esfuerzo y sin caer en tentaciones por dinero.
Todo lo contrario, cuando se trataba de placeres, tanto en lo físico, léase wisky, wiskey, mujeres, comida, tabaco. O lo espiritual: Bach, Gerswin, el atardecer en el campo y la poesía.
Nunca dejes propina le decía, por que el que te atiende bien, aunque te ponga una servilleta blanca, sólo cumple con su trabajo. Paga en tiempo y forma tus impuestos. Sé caballero en toda circunstancia. El auto debe ser de calidad, aunque sea viejo, no compres descartables. Mi viejo Morris 47, perdura en el tiempo, con el mantenimiento adecuado. No temas vestirte con colores claros. Interruptor de la vieja elegancia irlandesa fue tu padre, que a falta de gusto vestía de negro. Tu debes usar sacos de distinta tela, según la época del año, en la gama del marrón y corbatas tejidas al tono. Usa zapatos livianos, no esos tremendos borceguíes que usan tus amigos, que parecen de la brigada mataescuerzos.
Nunca salgas con una señorita por la plazoleta, si no tienes intenciones serias. Las viejas de junto a la iglesia tienen buena memoria, entonces es preferible invitarlas a un restaurante alejado. Trata de fumar en pipa, te da tiempo a pensar mientras la preparas y puedes hacerlo como panqueque con la vista clavada en tu tarea, para no distraerte. Por que cualquiera de los dos, tabaco o panqueque, quemados no son elegantes.
Nunca tengas reuniones de negocios los domingos, la mejor hora es los viernes por la tarde y noche, cuando todos están relajados y el lunes es algo lejano.
A tu madre visítala los domingos después del oficio, quizás quiera que la acompañes al cementerio y te ahorrarás la charla sin emoción y adormecida de la familia esperando el almuerzo. A mí visítame cuando llueve... o el domingo a la tarde que es cuando me da el tangazo y soy débil frente a los recuerdos. Sabes que tu abuela me dejo antes de lo previsto y me quedaron cuentas pendientes con ella, como tu viaje a Londres, o el ajuar de tu hermana, que ella cosería en su totalidad. Pajarito que me dejó la mitad de la jaula vacía sin sus trinos. Era hermosa tu abuela. ¿La recuerdas como yo?
Juan nunca tuvo la misma respuesta cuando esta pregunta se repetía, porque para él su abuela, era la mejor niñez, los scons, la mermelada casera, la paciencia para hacer la tarea y sobre todo la llave que le robaba a su abuelo cuando dormitaba en el sillón, que le permitiría aprender a manejar, escalera mediante, el viejo Ford, al cual accedía por la ventana del granero. Recorrió miles de kilómetros en primera y marcha atrás, de portón a portón.
En ese momento, Juan, tuvo un dilema, ¿extrañaba más al viejo o a la vieja?. Acomodó el sombrero y dejó los pensamientos, estaba por cruzar la calle.