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Taller Literario

 

Historia de un hombre solo
( o la maldita humedad que rompió la valija de cartón)

Carlos Daniel, recién separado volvió a la casa de los viejos, aquélla que estuvo cerrada desde que su hermana menor partió hacia España, algo así como dos años ha.
Sólo una vez por mes, la chica que limpiaba su departamento del centro, venia y hacia una limpieza muy somera.
Ese era su primer sábado viviendo solo, se levantó temprano, con idea de acomodar o por lo menos cambiar de lugar las cosas para una limpieza más concienzuda. Luego de tomar mate, algo que no hacía desde tiempo atrás, encaró para el desván, otrora deposito de trastos en desuso y refugio de su padre a la hora de recluirse con su colección de estampillas, que el viejo disfrutaba, pero a Carlos Daniel le resultaba una actividad quieta y aburrida.
Y -Oh, sorpresa- como si alguien estuviera escuchando sus pensamientos, lo primero que vio al abrir la puerta y luego la ventana, fue la lupa unida al lomo de los álbumes por un ñandutí tejido por araña pata larga.
Cerro los ojos por un instante y le pareció que sobre el olor a polvo y bajo el olor a humedad, podía sentir el aroma a colonia que su padre, compró durante cuarenta años en la Franco-inglesa de la calle Florida.
De pronto, algo lo hizo volver abruptamente de ese viaje al pasado, fue al reconocer la valija de cartón, donde se guardaban los recuerdos, que no habían encontrado lugar en los estantes de la sala, por diversos motivos. Estaban allí, un mazo de cartas, traído de Estados Unidos por un primo de su madre, que era algo disipado en su manera de vivir y que no contaba con la simpatía de su prima, la que además aborrecía el juego y todo lo que tuviera que ver con el azar. Había también un llavero con un pequeño bombo, del cual su madre dijo: "Es feo para usarlo y fácil que los chicos lo pidan para jugar y lo estropeen" y al igual que el pequeño instrumento de viento que le fue regalado por su hermana como recuerdo de su viaje al Norte, fue a parar a la valija.
También encontró una linterna pequeña, cuyo origen desconocía, pero no de dudó que era del viejo, porque la habían guardado sin pilas y no estaba herrumbrada, sólo él era tan cuidadoso. Había un moño de regalo, al que luego de observarlo un tiempo, llego a la conclusión, que era de una caja de puros que recibió de obsequio y lo repartió en sus dos últimos cumpleaños entre los invitados.
En un costado y como si fuera un alegato a las diferencias que tenia con su padre, encontró, su primera calculadora y dos hojas secas dentro de un celofán. La primera lo marcó de por vida, al punto de que cuando se la regalaron, decidió ser contador y sólo tenia seis años. Lo llamaban homo economicus, como una manera amable de decirle estructurado y poco romántico, por que su padre era capaz de guardar una hoja o una flor dentro de las paginas de un libro.
Tantos recuerdos cayeron sobre él, que le pegaron fuerte, anímica y físicamente. Mientras buscaba un analgésico en su bolsillo, encontró la vela que le dio su hija pequeña, cuando se fue de la casa, diciéndole: "Por si se corta la luz en la casa de los duendes", nombre que le daba a sus abuelos que no conoció...
Así transcurrió su primer día de divorciado, que hubiese sido muy largo, de no ser por la maldita humedad que rompió la valija de cartón, dejando gran parte de su vida al descubierto.


Néstor Molinuevo
Septiembre de 2003

 

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