El hombre sin piernas se movilizaba sobre una patineta, llevaba guantes para empujar sin lastimarse las manos, se los quitaba sólo para tocar la pequeña armónica. Luego pedía monedas en el tren.
Le gustaba tocar en el horario de las 13.30 y en el último. Esto se debía a que en esos horarios iba y volvía un muchacho alto, con aspecto de basquebolista y cuyas piernas envidiaba. Era el más generoso de todos los pasajeros, subía en Luis Guillon y bajaba en Hipólito Irigoyen. Lo hacia de un salto y desaparecía en el andén.
El armoniquista se hacía la película, pensando sobre qué actividad tendría -algo que ver con deportes, seguro- también imaginaba que tendría una familia, chicos altos y flacos de piernas largas, una mujer de baja estatura como para mejorar la raza.
Lo que si daba por sentado es que era tímido y de pocas palabras, siempre sonreía y hacia gestos amables.
Por el lado del lungo también había una película, ¿cómo habrá perdido las piernas? se preguntaba, ¿Habrá sido un accidente? ¿estará así desde chico?, ¿ganará lo suficiente, como para mantener una familia? Esta duda lo molestaba y cada vez le daba un billete más alto.
- Ah, si pudiera hablar con él y preguntarle
Tal vez más adelante cuando la reeducacion avance, pueda contarle que lo envidia porque toca la armónica de esa manera que hace llevar el compás a todo el pasaje, ya que él, hipoacúsico, sólo se lleva la pipa a la boca.