Free Web Hosting Provider - Web Hosting - E-commerce - High Speed Internet - Free Web Page
Search the Web

Taller Literario

 

El bar


Aquel día, como siempre, Adrián llegó, se sentó y pidió su comida habitual. Miró alrededor, refunfuñó observando los importantes vinos e infinidad de licores que había en el bar. De pronto, miró un punto fijo en la pared, cosa que me sorprendió pues salía totalmente de su rutina diaria, y, acto seguido, sin emitir sonido alguno, cayó hacia atrás, golpeándose la nuca contra el piso de cerámica. Su vista se mantuvo fija.
Inmediatamente me acerqué a él, pero al hacerlo, noté que su cabello se desteñía y se tornaba blanco hasta que luego se desprendió todo de su cuero cabelludo, dejándolo completamente calvo. Aterrorizado, corrí al teléfono y llamé a la ambulancia más cercana. Media hora después, el velatorio del finado Adrián ya estaba programado. Se lo habían llevado los paramédicos que, contrariados, no pudieron solucionar su problema a tiempo y ni siquiera sabían qué fue. Se lo habían llevado, dejándome sólo en el bar. Cerré, igualmente, por duelo, y asistí al velorio. Salí de la sala y me propuse caminar unos instantes. Necesitaba despejar mi mente. Adrián estaba muerto, y no se sabía por qué. ¡CARAJO!, me dije. Nunca conocí un tipo más sano que él. En su vida había tenido un único resfrío que le duró tres horas. No estaba enfermo, ni tampoco era un hombre muy nervioso. Algo raro había pasado.
Decidí, entonces, volver al bar. Entré al local, cerré la puerta con doble cerrojo prendí mi linterna de bolsillo. No había electricidad. Realicé una tarea de investigación y cálculo, teniendo en cuenta dónde se había sentado Adrián y hacia dónde miraba cuando falleció. Observé todos los puntos posibles desde todos los ángulos posibles y no encontré nada que me llamase la atención. Sin resignarme, miré y revisé todo durante horas, hasta que el sueño me venció. Dormí tranquilamente, sin pesadilla ni disturbios. Desperté temprano, al día siguiente, con el tiempo justo para abrir el bar. Pensé que, tal vez, sólo con la luz del día podría descubrirse el enigma, y me planteé comprobarlo. Observé durante todo el día, dejando sin atención a los pocos clientes que tenía, pero tampoco pude hallar nada. Me fui a mi casa anonadado. No, no había habido nada extraño, Adrián sólo había muerto merced de una implacable causa que, quizás, nunca se descifraría. El tiempo fue pasando y, al no tener ninguna novedad, la gente olvidó a Adrián e incluso yo mismo lo hice. El negocio repuntó desde que su figura, que nunca había sido muy amigable ni querida, se dejó de ver por allí. Mi vida siguió su cauce normal, y pronto hasta me convencí de que Adrián había sufrido un simple infarto.
Fue, entonces, un viernes al atardecer, cuando el ocaso ilumina la ciudad con su tenue luz. Un pequeño perro se coló por la puerta entreabierta del local, que en ese momento no albergaba a ningún cliente. El animal me observó fijamente y, desparramando su baba en todo el piso, se sentó bajo la segunda mesa del lado derecho del mostrador, contra la pared. Lugar que, meses atrás, ocupara Adrián. Siguió observándome unos instantes más y luego, apartó súbitamente los ojos de mí y, como movido por una fuerza ajena a él, giró la cabeza hacia la pared frontal y fijó allí su vista. Me estremecí y, dando un salto, lo empujé intentando en vano salvarle la vida. Se desplomó abruptamente y, con los ojos desorbitados y el cuerpo contorsionado, expiró. Llamé a la policía, a la ambulancia y hasta a un amigo veterinario, pero en ningún lado encontré ayuda en menor tiempo que el de una semana.
Así que, con mucho dolor y temblando de cabeza a pies, enterré al animal y volví a mi casa. Pensé y hasta estudié los sucesos, traté de relacionar esta muerte con la de Adrián, y no encontré ninguna relación posible pero resolví si, que para despejar mi mente, iría la tarde-noche próxima a observar.
Al día siguiente, cuando llegó el momento, me dirigí al negocio, entré y cerré la puerta nuevamente con dos cerrojos. Abrí la única ventana y comencé mi búsqueda. No tuve éxito. La noche llegó y no había podido encontrar ningún indicio de nada extraño. La luna, que estaba magníficamente llena, surgía del horizonte y se elevaba cada vez más, hasta que llegó a un punto en que, para mi sorpresa, se detuvo notoriamente. Y entonces, el astro resplandeció con mucha fuerza y, al estar yo observándolo, me cegó por completo unos instantes. Al recobrar la vista, me di cuenta de que no podía distinguir colores, sólo veía en blanco y negro. Entonces recordé. Recordé que el problema de nacimiento de Adrián que había afectado sus pupilas lo imposibilitaba de distinguir colores. Recordé que los perros poseen vista monocromática. Y, entonces, lo vi.
Fue totalmente aterrador, Una sucesión de espectros y fantasmas tocándome las manos para llevarme con ellos a través de la pared hacia la muerte y el infierno. Pude ver a Adrián que, como hipnotizado y sin darse cuenta de quién era yo, tiraba de mi campera con todas sus fuerzas. Ya me creía perdido. Resignado a morir de aquel modo, dejando tras de mi una incertidumbre incontestable para el mundo, cuando, de pronto, todo se esfumó y me encontré sentado en el piso de cerámica del bar. La luz de la calle se había encendido, volviendo mi vista a la normalidad. Sudando, y sin poder dar dos pasos seguidos, llegué a la comisaría y conté todo. Me escucharon y, por sorpresa para mi, me trajeron aquí a hablar con ustedes.
-¡Bueno, che!, ¿Podrían, ahora que les conté mi historia, sacarme estos chalecos de fuerza que me están rompiendo los brazos?


Fin

Guido Tanoni
Junio de 2003

 

Volver a la Página del Taller Literario

 

Pje. Adrogué (ex Constitución) 186
(1836) Llavallol
Tel. 4298 6277
Fax 4293 1047

Volver arriba

 

 


 [Página Principal] [Breve Reseña] [Teatro Cosmopolita] [Cartelera] [Actividades] [La Banda] [Coro] [Novedades] [Clasificados] [Comisión Directiva] [E-mail]