Yo sabía.
Por supuesto, como no lo iba a saber. Yo lo sabía. Lo supe desde el primer día que entro a la oficina, el día en que no hablé, nada más que para medirlo. No tuve dudas. Con sólo escucharlo un rato lo supe. Con ese aire de perito mercantil, hablador y sensiblero. Siempre presumiendo de saberlo todo, verborrágico y presuntuoso.
Yo lo definí de entrada. Lo recuerdo bien, me dije entonces que a ése lo controlaría, era evidente que pertenecía al equipo de los torpes. Y entonces también sospeché que intentaría engatusarlos a todos, empezando por el gerente. Pero a mí no. Yo lo supe en el mismo momento en que pisó la oficina. Era de esos que simulando corazón en mano, poniendo a los hijos como ariete y a la mujer como escudo, quieren copar un lugar, inmerecidamente, por supuesto.
Demás está decir que el tiempo me dio la razón. En el fondo, detrás de esa apariencia melodramática había un violento, no sólo violento, también ignorante, qué digo, un antediluviano, prehistórico. Pensar en él como un hombre de las cavernas sería un halago inmerecido.
Y no me equivoqué, ¡ qué bestia, por Dios !. Es de no creer lo que hizo. Si este animal pudiera entender cuánto me costó convencer al gerente, primero, y al dueño después, de la necesidad de informatizar la oficina. ¡ Qué va a entender!. Como nunca entendió la eficiencia, o calidad total o eficacia corporativa. ¿Qué podrá entender ese ladrillo?.
Lo suyo era el asadito, un bautismo, y otro, y otro, y otro. Era un padrillo, el animal, y fotos y fotos y más fotos y el sanguchito de la una y la boleta del prode y la fiesta de fin de año y los cumpleaños de todos.
Finalmente lo doblegué. En un año, apenas aprendió a encenderla, aunque nunca se atrevió a apagarla, le tenía miedo el muy energúmeno. Hay que ser cuadrado para tenerle miedo a una computadora. Lo sabía, sabía que a la primera prueba fuerte no resistiría, mostraría su verdadero perfil, el de un delincuente. Así lo fui apagando de a poco, en su ignorancia fue devolviéndome el lugar en la oficina, ni más ni menos que el lugar de los que verdaderamente sabemos. Pero no es todo, no bastó con humillarlo hasta reconocer que lo suyo era puro palabrerío, mañana en la audiencia testimonial termino con él. Será su final, como un delincuente, en la cruz.