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Taller Literario

 

¿Quién se animaría a contrariarla?

 

¿En qué piso era? Segundo o tercero. Me arriesgo, vamos al segundo.
¡Genial!, es aquí. Mesa de negocios Procter and Goldman. Es aquí.

  • Buen día.

Fue entonces que la vi. Un rapto de intuición me anticipó que algo no iba a funcionar. Repetí el saludo, como para alertar sobre mi presencia y entonces ella levantó la vista.

Es una percepción ilusoria suponer que sus ojos destellaban chispas, pero en este caso se trataba de una realidad. Con tono de voz igual de fulgurante y sin responder mi saludo, ella se despachó con una aseveración que me costó entender.

  • Sepa, señor, que ya pasaron dos minutos de la hora y que no hay argumento que valga.

Durante años cultivé el cuidado de las formas. Me sentía tan seguro de mi estilo que creía que el don de la convivencia era mi rasgo más peculiar, a tal punto que sostenía que era imposible sentirme rechazado por alguien, o sentirme partícipe de una disputa en tanto se me diera el mínimo tiempo para mostrar mi intención y mi estilo.

Por tanto, la situación me resultó extraña y la atribuí a un error: seguramente era confundido con otra persona.

La miré, intenté –carraspeando- acomodar mi voz y argumenté, como para comenzar de nuevo:

  • Usted se equivoca...

Ciertamente no era un día propicio para mí, no pude terminar la frase. Ella apoyó los brazos con fuerza sobre el escritorio, tomó aire inflando su pecho y me respondió con una reacción que ciertamente yo no había generado.

  • Usted se equivoca, mejor dicho, todos ustedes se equivocan.

Miré a mi alrededor buscando la platea a quien la joven hacía referencia, con la esperanza de entrever el origen de su enojo, pero pocas veces sentí tanta sensación de soledad: detrás de mi, una puerta, y más allá, un mudo hall de espera absolutamente vacío. No había lugar a dudas: yo era el destinatario de su enojo.

  • Estoy harta –continuó- Todos ustedes creen que el dinero todo lo puede. Que una es esclava de vuestra soberbia. Estoy harta –repitió.

La vi tan decidida a plantear su verdad que evalué la conveniencia de escucharla. Mi actitud permitió detenerme en sus rasgos: no tendría más de 26 o 27 años, una frente amplia, y unos labios rígidos y apretados que anunciaban un enojo del cual yo no merecía ser destinatario.

  • No me diga nada, no insista –dijo, remarcando cada sílaba- Hoy no lo voy a aceptar, hoy usted va a entender y a partir de hoy todos ustedes van a entender cuánto vale mi tiempo.

Entusiasmada por su arremetida, su brazo, cual pabellón de guerra enarbolado en pleno combate, empezó a agitarse en forma amenazadora, y ya fuera de sí, continuó:

  • Están tan embriagados de ambición que sólo ven negocios. Y por lo tanto, los demás pasamos a ser sólo cosas, otra parte del mobiliario. Y si somos mujeres, peor aún. Mezclan ambición con machismo y ese cóctel los emborracha más. Pero hoy se acabó. Estoy harta –refirió como para que no me quedaran dudas.
  • Señorita, en realidad... –alcancé a balbucear hasta que otra andanada de reproches me hizo pensar en que me había llegado el supremo momento de expiar las culpas de todos los hombres de la humanidad.
  • ¿Cuál realidad? –preguntó y casi sin pausa se contestó- Dirá su realidad de hombre importante que subido a la tarima de su poder todo lo compra y todo lo puede. Que no es mi realidad de empleada tan...

Hizo entonces una pausa, como buscando la palabra justa, lo que me permitió mirar por un segundo el pelirrojo de su cabello. Era ciertamente hermosa, y la hacía más hermosa un gesto de rebeldía, que aparentemente en ese momento, se había propuesto estrenar.

  • ...tan... tan sumisa y servicial. –volvió a la carga- Siempre al servicio de los señores –continuó levantando la voz- como los señores dispongan; inmediatamente señor; pase señor; a sus órdenes señor; sí, señor, así se hará. ¡Basta! –gritó interrumpiendo su propio y monocorde discurso- Hoy se termina esta absurda obsecuencia a la que me obligan por un miserable sueldo, ¿sabe por qué, señor?...¿cuál es su nombre?
  • Regunaga –atiné a contestar con un apenas audible hilo de voz.
  • ¿Sabe por qué, señor Re-gu-na-ga? –repitió separando y acentuando cada sílaba de mi apellido- porque a partir de hoy y de usted, rompo con la actitud sumisa y servicial que tanto le gusta, señor Industrias Re-gu-na-ga. ¿Sabe qué?

Sin duda estaba decidida a no esperar mi respuesta porque inmediatamente se contestó.

- Mi horario de trabajo terminó, y terminó a las tres de la tarde, y soy yo la coordinadora de recepción y soy yo la team leader del sector inversiones, y por lo tanto, hoy usted no va a tener el servicio de la mesa de negocios. Por desconsiderado, por haber llegado después de las 15 horas. Lo que significa, señor Industrias Metalúrgicas Re-gu-na-ga, que no va a comprar ni vender acciones, ni bonos, ni canjear divisas, ni ninguna operación que le permita engrosar su seguramente mal habida fortuna. ¿Y sabe quién se lo va a impedir? El reglamento, el mismo que ustedes, señores poderosos, pisotean escudados en la soberbia de la impunidad. Y le digo más, señor Re-gu-na-ga, yo, esta simple empleada a quien seguramente jamás miró, será la que lo obligue a cumplir el reglamento de pautas de negocios.

Respiró. Me dije que era ese momento o nunca, así que apurando mis palabras intenté decirle:

  • Señorita, mi intención... –y otra vez fui interrumpido.

Su risa nerviosa antecedió a un nuevo capítulo de su manifiesto de liberación:

  • No me hable de intenciones, como si yo no conociera las intenciones de los hombres. ¿O me va a hacer creer que usted es diferente? Desconocen nuestras penas, ignoran nuestra sensibilidad, fingen no ver nuestras angustias y nuestros miedos -la mayoría de las veces provocados por ustedes mismos-, jamás nos ven como personas, a lo sumo, lo único que les importa de nosotras es ver nuestros cuerpos.

Esta vez no intenté interrumpirla. Su última aseveración me permitió, momentáneamente, romper el estupor en el que por varios minutos me había sumido esta mujer. Recuperando mi línea y casi guiado por sus palabras, no pude evitar bajar mi mirada por su cuerpo menudo, pero increíblemente delineado por una ajustada camisa blanca y una pollera que remarcaba las armoniosas formas de su cintura y caderas.

A pesar de su exaltación, no se le escapó el detalle. Me clavó con más rabia aún la mirada, y otra vez más desplegó su artillería verbal.

  • ¡Ve!... ¡Ve!, señor dinero, que no nos respetan como personas. Pero hoy, señor Regunaga, va a empezar a conocer los límites. Porque desde hoy se acabó mi actitud de esclava, a partir de hoy voy a hacer respetar mis derechos de mujer, no sólo aquí, también en la calle. Hoy yo voy a mandar a lavar los platos a cualquier estúpido hombre que con su auto se cruce mal por mi vida, a partir de hoy...

Esta vez fui yo quien interrumpí. Me pareció que era el momento oportuno de fijar mi posición.

  • Permítame, por favor –supliqué- permítame ¿acaso su nombre es Marita Torres y su auto tiene una leyenda pegada en la luneta trasera que dice algo más o menos así: "Dios hizo fuerte al hombre para trascender su destino de dolor?"

Hubo un apenas perceptible gesto de sorpresa en su rostro. Hizo un esfuerzo para no evidenciarlo y contestó:

  • Si, es ese mi auto. El que está abajo, en la vereda. Pero ¡por favor, no me venga con esa chicana barata! Es obvio que yo no pegué esa estúpida frase en el vidrio de mi auto; la pegó el imbécil machista que me lo vendió. ¿No pensará que yo creo esa sanata autocomplaciente? Por otra parte, ¿de qué fuerza hablamos? En su caso, por ejemplo, ¿de la fuerza del dinero? ¿Me va a decir que usted amasa fortunas porque integra una cruzada bíblica en contra del dolor humano? Entonces, qué queda para mí. Debo suponer que mi sueldo de empleada es miserable porque mi vida es pura diversión. Por favor, Regunaga, no argumente con frases hechas porque no va a cambiar mi decisión: hoy la mesa de negocios se cerró a las 15 horas y además ya perdí veinte minutos de mi vida explicándole cosas que seguramente no entenderá. Como mi horario de trabajo terminó, voy a ir a buscar mi auto. Good bye, señor Re-gu-na-ga.

Su rapidez para tomar su saco y su bolso me sorprendió, me obligó a apurarme y apelando a todo el poder de síntesis que pude, alcancé a decirle antes de que se perdiera en el ascensor:

  • Señorita Marita, vine hace veinte minutos sólo para decirle que bajara urgente porque la grúa municipal estaba llevándose su auto.

 

Luis Raúl Luna

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