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¿Quién se animaría a contrariarla?
¿En qué piso era? Segundo o tercero. Me arriesgo, vamos al segundo.
Fue entonces que la vi. Un rapto de intuición me anticipó que algo no iba a funcionar. Repetí el saludo, como para alertar sobre mi presencia y entonces ella levantó la vista. Es una percepción ilusoria suponer que sus ojos destellaban chispas, pero en este caso se trataba de una realidad. Con tono de voz igual de fulgurante y sin responder mi saludo, ella se despachó con una aseveración que me costó entender.
Durante años cultivé el cuidado de las formas. Me sentía tan seguro de mi estilo que creía que el don de la convivencia era mi rasgo más peculiar, a tal punto que sostenía que era imposible sentirme rechazado por alguien, o sentirme partícipe de una disputa en tanto se me diera el mínimo tiempo para mostrar mi intención y mi estilo. Por tanto, la situación me resultó extraña y la atribuí a un error: seguramente era confundido con otra persona. La miré, intenté –carraspeando- acomodar mi voz y argumenté, como para comenzar de nuevo:
Ciertamente no era un día propicio para mí, no pude terminar la frase. Ella apoyó los brazos con fuerza sobre el escritorio, tomó aire inflando su pecho y me respondió con una reacción que ciertamente yo no había generado.
Miré a mi alrededor buscando la platea a quien la joven hacía referencia, con la esperanza de entrever el origen de su enojo, pero pocas veces sentí tanta sensación de soledad: detrás de mi, una puerta, y más allá, un mudo hall de espera absolutamente vacío. No había lugar a dudas: yo era el destinatario de su enojo.
La vi tan decidida a plantear su verdad que evalué la conveniencia de escucharla. Mi actitud permitió detenerme en sus rasgos: no tendría más de 26 o 27 años, una frente amplia, y unos labios rígidos y apretados que anunciaban un enojo del cual yo no merecía ser destinatario.
Entusiasmada por su arremetida, su brazo, cual pabellón de guerra enarbolado en pleno combate, empezó a agitarse en forma amenazadora, y ya fuera de sí, continuó:
Hizo entonces una pausa, como buscando la palabra justa, lo que me permitió mirar por un segundo el pelirrojo de su cabello. Era ciertamente hermosa, y la hacía más hermosa un gesto de rebeldía, que aparentemente en ese momento, se había propuesto estrenar.
Sin duda estaba decidida a no esperar mi respuesta porque inmediatamente se contestó. - Mi horario de trabajo terminó, y terminó a las tres de la tarde, y soy yo la coordinadora de recepción y soy yo la team leader del sector inversiones, y por lo tanto, hoy usted no va a tener el servicio de la mesa de negocios. Por desconsiderado, por haber llegado después de las 15 horas. Lo que significa, señor Industrias Metalúrgicas Re-gu-na-ga, que no va a comprar ni vender acciones, ni bonos, ni canjear divisas, ni ninguna operación que le permita engrosar su seguramente mal habida fortuna. ¿Y sabe quién se lo va a impedir? El reglamento, el mismo que ustedes, señores poderosos, pisotean escudados en la soberbia de la impunidad. Y le digo más, señor Re-gu-na-ga, yo, esta simple empleada a quien seguramente jamás miró, será la que lo obligue a cumplir el reglamento de pautas de negocios. Respiró. Me dije que era ese momento o nunca, así que apurando mis palabras intenté decirle:
Su risa nerviosa antecedió a un nuevo capítulo de su manifiesto de liberación:
Esta vez no intenté interrumpirla. Su última aseveración me permitió, momentáneamente, romper el estupor en el que por varios minutos me había sumido esta mujer. Recuperando mi línea y casi guiado por sus palabras, no pude evitar bajar mi mirada por su cuerpo menudo, pero increíblemente delineado por una ajustada camisa blanca y una pollera que remarcaba las armoniosas formas de su cintura y caderas. A pesar de su exaltación, no se le escapó el detalle. Me clavó con más rabia aún la mirada, y otra vez más desplegó su artillería verbal.
Esta vez fui yo quien interrumpí. Me pareció que era el momento oportuno de fijar mi posición.
Hubo un apenas perceptible gesto de sorpresa en su rostro. Hizo un esfuerzo para no evidenciarlo y contestó:
Su rapidez para tomar su saco y su bolso me sorprendió, me obligó a apurarme y apelando a todo el poder de síntesis que pude, alcancé a decirle antes de que se perdiera en el ascensor:
Luis Raúl Luna Volver a la Página del Taller Literario Pje. Adrogué (ex Constitución) 186 |
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