Sentía todo como a través de un inmenso lente de aumento. Los buenos deseos y el jolgorio se notaban enormes pero también las frustraciones, las desdichas y las torturas. Caminaba por la calle desmesurada, descifraba los códigos de los rasgos en los rostros de sus contemporáneos. Se deleitaba observando los pequeños espacios de piel que la ropa liviana dejaba entrever en algunas jovencitas que se paseaban de tarde por la plaza frente a él. Llevaba una linterna pequeña que le servía para iluminarse de noche pues la noche aumentada es intolerable y enajenadora: Todos sus sentidos estaban contaminados por este ominoso aumento.
No quiero decir que podría percibir cosas que se encontraban alejadas. Estas más bien le llegaban de forma insegura o difusa. La nitidez detallaba los objetos vecinos. Él podía, por ejemplo, oler sólo los aromas más cercanos pero tan minuciosamente que era capaz de encontrar diferencia entre dos rosas iguales. Sentía -y esto era una gran virtud- el olor del agua, fresco, sutil y cristalino, algo dulce y salobre. Pero toda capacidad extraordinaria tiene su espejo indeseable: se ahogaba con los perfumes artificiales que las señoras de la alta burguesía usaban luego de bañarse, una mezcla de flores muertas sobre cuerpos en descomposición. Lo enfermaban la cantidad de sustancias que liberan el progreso y la tecnología en su producción indetenible y que a todos parecía satisfacer. Los dolores eran imposibles, la más leve migraña lo desgarraba por completo.
Respecto del oído podría redactarse un tratado aparte. Lo más notable era el hecho de escuchar de tanto en tanto algún pensamiento ajeno en la parada del colectivo o el trajín de algunas alimañas que transitan por la ciudad sin que nadie las note. Claro que debía cubrir sus sentidos cuando la ciudad se abalanzaba con sus desconcierto de bocinas y griteríos y sus cotidianos sabores y olores de sociabilidad.
Era en suma, un sensible potenciado y esto era la esencia de su arte. Le gustaba escribir y transmitir todas sus impresiones tan detalladamente como las percibía, incluidas las impresiones que le producía el hecho de escribir: la suavidad inconstante de la hoja con olor a madera blanda, el sonido de la lapicera simulando pequeñas ventiscas o puntas de espadas rozando el casco de un barco viejo, la tinta dulce y picante... Pero existía una dificultad: la gente admiraba sus obras pero su presencia era rechazada por cualquier esfera de la sociedad. ¿Cómo puede un ser con semejantes características pertenecer a un grupo en donde la manera de percibir el mundo se basa sobre algunas convenciones tan rígidas como las leyes de la física?. Esto le causaba dolor y soledad intolerables y cuanto más le dolía, cuanto más solo estaba mejores eran sus obras, más brillaba en sus ideas, en sus trazos, en su arte la condensación del universo.
Pero al hombre como al animal lo espanta el peligro de perder la posibilidad de perpetuarse. ¿No era acaso su arte la forma más pura de comunicación y la expresión que lo haría perpetuarse? ¿Era necesaria su imagen para que su alma se develase de los demás? No, no lo era pero él esto no lo entendía. No podía despreocuparse, no podía no tratar de calmar su dolor lacerante.
Pidió cita con el médico, un psiquiatra que le dijo que con algunas pastillitas de colores sus dificultades se solucionarían. Pero toda solución extraordinaria tiene su espejo fatal. Se repuso -lo reconozco- pero nunca más pudo volver a crear. Sus contemporáneos lo despreciaron por ello. Era, entonces, uno más, un civilizado mental. Vivió algunos años más, luego murió. Todas sus obras sucumbieron en el tiempo en su antigua casa. El destino y la ortodoxia habían conspirado para que no quedase de él ni el menor indicio de su existencia.