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Taller Literario

 

Los números y la noche

Me pedí la paciencia de repasar los hechos una vez más, probablemente así, encontraría una explicación lógica a su actitud. Busqué el borde de la silla, estiré las piernas y por unos segundos fijé la mirada en la oscura y gastada placa de madera de la mesa, procurando un momento de abstracción, tal vez la amplia ventana del bar me diera el paréntesis para abordar le memoria desde otro ángulo, como quien busca resolver un testarudo ejercicio matemático.
Por cansancio o por la hora de la madrugada, aunque seguramente por la mirada fatigada y suplicante del mozo, decidí que daría más velocidad y menos detalle al racconto de los hechos. Quizá esa fuera la variante que me diera la clave de lo sucedido.
La primera imagen fue el impacto que me produjo, esa noche cuando se presentó a la clase. Dijo simplemente:
- Soy la señora Adela. Hace diez años que ejerzo la docencia y durante este cuatrimestre seré la profesora de Análisis Matemático 2. Voy a empezar. Si lo desean pueden tomar notas.
Esa primera vez fue impactante, al menos para mí. Había en su personalidad una dureza que me atraía fatalmente, sentimiento que en semanas posteriores llevaría recurrentemente al diván de terapia.
Recuerdo su ropa entallada al cuerpo, una pollera verde musgo, camisa blanca de mangas largas. No reparé en su calzado, sí, en sus bellas piernas, observé que no usaba bijouterie, lo cual concordaba perfectamente con su gesto adusto.
Serena, segura de sí misma, con pausas medidas, se tomaba el tiempo exacto para contestar con precisión las ocasionales preguntas. En ausencia de éstas, se limitaba a mirar a los ojos a algunos de los cincuenta y pico de alumnos que la seguíamos en el aula 207 del segundo piso.
Confieso que en toda la clase no fui depositario de una sola de sus miradas, ni siquiera en alguna visión panorámica del aula, a pesar de estar sentado en tercera fila, al lado del pasillo del medio, por donde se empeñaba en caminar mientras exponía. También es cierto que en algún momento pensé que al volver a la pizarra hubiera reparado en mi persona, pero al momento lo descarté, ¿a quién puede llamarle la atención una nuca entre tantas?.
Demás está decir que no tomé un solo apunte, que no presté atención a un solo número, que estaba embriagado por la fragancia de su perfume, que estaba absorto en su cabello, sus brazos, su espalda y como si ella poseyese una fuerza magnética irresistible, sentía que me atraía la firmeza de sus gestos, la dureza de sus labios, ese mirar casi sin pestañear y la parquedad de sus palabras. Una mujer así supuestamente no atraería a un hombre común.
Yo sentía que desbordaba en mis 24 años y que aquella mujer era un enigma, que a modo de desafío esa noche misma intentaría resolver.
Sobre el final de la clase traté de hacer una pregunta, una tonta pregunta que quedaba en mi memoria como resabio de una cursada anterior. Peor no podría haber empezado. Casi sin mirarme contestó:
- Eso es ridículo. Usted no entendió nada.
No lo dijo en un tono bajo, de manera que la escucharon todos.
Humillado, con la culpa de mis pensamientos, volví a mi asiento a rumiar vergüenza. Sólo segundos. Al instante estaba pensando nuevamente una manera de encararla. Lo mío era rayano en la obsesión.
Aproveché el incidente y al terminar la clase esperé que salieran todos y la abordé:
- Por favor, necesito hablarle.
- Estoy apurada.
- La acompaño. Mientras salimos me contesta.
Esta vez no hubo respuesta. Decidí tomarlo como una aceptación, al menos era lo que me convenía. Caminamos dos cuadras sin palabras. De repente en un sendero de la plazoleta que rodea la facultad me dijo:
- Apúrese, pronto llegaremos a mi departamento.
No entendí claramente el alcance de esa frase. Continué otras tres cuadras sin hablar. De repente se detuvo bruscamente. Por fin me miró a los ojos, levantando su cabeza para llegar a mi metro noventa y en un tono suave musitó:
- ¿Qué querés de mí?, vivo aquí en este edificio.
Sin decir nada más pasó su brazo por mi cuello y me besó apasionadamente.
Superado por la situación, tomé su cintura y la besé con toda la fuerza del objeto del deseo. Entre besos y caricias me dijo que estaba sola, que me buscó siempre, que había esperado este momento durante siglos. Cerré su boca con más besos, y tal vez viví los quince minutos más encendidos de mi vida. Esa noche se había convertido en una vorágine sin razón. En ese instante sentí que ya era parte del enigma.
Al borde del clímax, la tomé de los hombros, la separé de mí, la miré fijamente y en el máximo grado de arrobamiento le pregunté:
- ¿Podemos subir a tu departamento?
Sin despegar su mirada de mis ojos, simplemente dijo "Sí" en un tono que no dejaba dudas de cómo transcurrirían los próximos momentos entre nosotros. Tomó decididamente mi mano izquierda, pronta a entrar al edificio. De repente congeló la marcha, me preguntó la hora y me dijo que no, que la perdonara. Balbuceé que tal vez su marido... Se puso rígida.
- En minutos comienza un nuevo capítulo de Friends. Mañana veremos...


Luis Luna
Julio de 2003

 

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