- Andá a tu habitación. Papá y mamá tienen que hablar.
La niña obedeció, fue a su cuarto, jugó con sus muñecas repitiendo las mismas palabras de su madre: "Vayan a su cuarto, tengo que hablar con papá".
La niña no sabía de qué se trataba. Notó a su madre preocupada. De qué tendrían que hablar si dormían juntos. ¿No les alcanzaba el tiempo?, se preguntaba mientras peinaba a una de las muñecas.
- Quiero que estén lindas cuando llegue papá. Seguramente iremos a dar una vuelta por el parque, o tal vez nos lleve a comer salchichas allí a donde siempre vamos.
La niña seguía entretenida con sus juegos. Por un momento olvidó la reunión de sus padres. De pronto recordó que su mamá le había preguntado como al pasar si no le gustaría vivir en otro departamento o en una casita.
Ella le había respondido que sí, siempre que pudiera llevar todas sus cosas, los juguetes y las muñecas a las que sentía como su familia.
La niña siguió jugando, sintió ganas de asomarse a la ventana, fue hasta allí y se quedó un largo rato mirando cómo iba y venía la gente: chicos que jugaban en la vereda, otros que volvían de la escuela, cada uno con su papá o mamá. Pensó qué linda era la vida ¡Qué suerte no ser huérfana!
Siguió pegada al ventanal y desde allí vio a su papá que se marchaba cargando una valija. Lejos estaba de presentir la tormenta.
Esa imagen vista a través del vidrio empañado del ventanal quedó grabada y nunca pudo borrarla de su mente.