Había recorrido gran parte de la ciudad, ahora debía aprovechar esas horas libres. Francisco se había jubilado, no por la edad, lo obligaron, casi lo presionaron sus patrones, los dueños de la empresa.
Cargaba en su interior una rebelión. Aún se consideraba un hombre vital, pero en estos tiempos de ajustes no valía haber sido un trabajador competente y cumplidor en todo sentido. Añoraba esos madrugones, el momento del descanso, los mates compartidos con sus compañeros. Ellos corrieron su misma suerte, y otros más jóvenes fueron despedidos, ellos sí recorren la ciudad de norte a sur, de este a oeste. ¿Qué será de ellos?.
Francisco es alto, delgado, algo inquieto, sus rasgos firmes denotan carácter, más bien canoso y usa anteojos.
Todos los días desde que dejó de trabajar, se levanta, toma unos mates, se calza su gorrita don visera , se aproxima hasta el quiosco de la esquina, compra el diario como refugio de sus esperanzas y luego de recorrer la ciudad como quien amansa una rebelión llega a la plaza, se sienta a descansar, le da de comer a las palomas, mira el cielo azul inmenso, el verde de los árboles y contempla a los niños que juegan.
Hoy es un día más en la vida de Francisco, no encontró lo que buscaba en el diario.