Aquel verano del '98 decidió cruzar la cordillera. Antes debió hacer un largo recorrido. Su madre quería acompañarla pero el propósito de ella era otro: debía viajar sola. Lo tenía decidido desde hacía mucho tiempo, ya había recibido su título y ese era el momento. Sabía que lo merecía, trabajar y estudiar, ayudar a su madre, sola desde siempre, luchadora a quien le debía todo en la vida. Pero esta vez quería viajar sola, no sólo por placer, también por su necesidad imperiosa de encontrar a una persona de la que apenas tenía algunos datos.
Después de dos días de viaje, cansada aunque maravillada por el paisaje que ofrece el cruce de la cordillera, llegó a la ciudad de Santiago. Se instaló en el hotel. Desde allí trataría de ubicar a la persona que buscaba.
Se puso en comunicación con su amiga Elena con quien había hablado mucho de este asunto, ella fue la que obtuvo los datos. No fue nada fácil, debió indagar bastante: guía telefónica, policía y una cadena interminable de contactos e intermediarios. Debían encontrarse para conversar acerca de la estrategia a seguir. El encuentro fue emotivo por lo deseado de la cuestión.
Después de charlar un rato, mientras tomaban un café, Elena le entregó esos datos tan importantes para ella.
Estela fue a Valparaíso. Le llamó la atención el tranvía que subía el cerro donde se encuentra la ciudad. Buscó un teléfono, llamó al número indicaado. Le respondió una voz grave de hombre.
- Sí, hable usted, le dijo
- ¿Es usted el señor Antonio Scarcelli?
- Si, con él habla, ¿y usted quién es?
- No me conoce, tengo necesidad de verlo y hablar con usted de cosas muy importantes.
- Pues mire, no se haga la misteriosa y dígame qué quiere.
- Por favor, necesito verlo. Lo espero en el muelle número cinco. Llevo un abrigo rojo, soy rubia y de mediana estatura.
Intrigado, el hombre no pudo negarse.
- Espéreme, estaré allí.
Por fin el encuentro tan ansiado se hacía realidad. ¿Qué le diría?. El hombre era corpulento, casi calvo, con bigotes y lentes, iba vestido con un pantalón oscuro, camisa blanca y un suéter en la espalda.
Cuando lo vio aparecer con ese aire desaprensivo, miró esos rasgos que ella intuía y comenzó a temblar. Estaba ante su propio padre, el mismo que alguna vez amó a su madre.