El hombre se presentó impecable, vestido de blanco, con su sombrero Pananá. Iba a cumplir una promesa. Ella le había dicho que allí la encontraría. Sí. Esa era la casona, rodeada de palmeras.
A medida que se acercaba, el corazón latía con más fuerza.
"¿La encontraré?", se dijo.
Habían pasado unos cuantos años y él no la había olvidado.
Una cadenciosa música caribeña amenizaba la reunión de los sábados. Se hizo un silencio y una mujer salió a recibirlo.
- ¿Quién es usted?, ¿qué busca?
- Busco a una muchacha llamada Eugenia Doval. La conocí hace mucho tiempo en un viaje. Un barco nos acercó a estas islas y hoy vengo con la ilusión de encontrarla.
- Comprendo -respondió a mujer- Usted la conoció y viene a buscarla. Eugenia vivió aquí hasta que un día decidió irse. Ahora está muy lejos. Quién sabe si usted podrá encontrarla.
El hombre se resistió a creer lo que escuchaba.
- Hábleme de ella, señora. ¿Dónde está? ¿Tiene marido? ¿hijos?
La música continuaba. Era un ritmo sensual. Allí había otras muchachas, tal vez más bonitas pero buscaba a Eugenia. Él había cumplido su palabra.
La mujer lo hizo pasar, lo presentó a los concurrentes.
- Pase, póngase cómodo. Aún no sé su nombre.
- Me llamo Vicentico. Soy capitán de un barco y recorro el mundo por mar.
La fiesta estaba en su apogeo, cada vez más movida. Las muchachas invitaban a los hombres a bailar y también lo hicieron con él. No quiso comportarse extraño. Todavía tenía esperanzas de encontrarla, ese era su único deseo.
La mujer adivinó su desencanto y lo apartó un momento para contarle sobre Eugenia.
- Ella me habló mucho de usted, también estaba enamorada. Lo esperó siempre pero un día llegó aquí un árabe que la asedió de tal manera, enamorado perdidamente de Eugenia, que ella no pudo negarse. Pensó que era su destino y se fue con él.
Vicentico por un momento imaginó a su amada Eugenia convertida en una odalisca bailando al compás de una música árabe.