Eligió una confitería de Palermo. Entró con dudas. La mesa del rincón, junto a la puerta, estaba bien.
A través del amplio ventanal regocijaba su mirada con el bosque reverdecido y florido por la incipiente primavera.
Cortinados discretos, colores suaves y una música agradable daban cierta calidez.
Frente a ella, saboreaba su café, mientras leía el diario, un apuesto señor que no dejaba de mirar por encima de sus lentes.
Clara se sentía atraída y, a la vez, rechazaba su mirada. Se sentía halagada y cautivada: no era habitual que los hombres se fijaran en ella.
"Tiene cara de divorciado –pensó- Si no que va a estar haciendo, solo, tomando un café. Si tuviera una familia, estaría con ellos, con su esposa o acompañando a sus hijos al colegio... o en su empresa. Si hasta tiene cara de ejecutivo. Ah, ya sé, está esperando a su secretaria. Seguro que es una veinteañera. Yo no sé cómo no les da vergüenza, hombres grandes con chiquilinas. La pinta de don Juan lo vende. Qué incómoda me pone, pero no puedo dejar de mirarlo. ¿Qué tiene este hombre? Después de todo, no está nada mal. ¿Y qué tiene de malo un don Juan? Seguramente habrá tenido muchas aventuras. ¿Por qué será que algunas tienen tanta suerte?. Como Margarita, por ejemplo, que conoce un montón de hombres. Yo en cambio, no conozco más que a uno: Raúl, mi primer novio, mi marido, mi amante. Pero ¿qué digo? Raúl no es mi amante, nunca lo fue. Es el padre de mis hijos. Buen padre, buen marido, trabajador, pero no mi amante.
Y no deja de mirarme... ¿Estará intentando conquistarme? Y si realmente me quisiera conquistar ¿yo qué haría?. Ay, me muero. No eso sí que no, ni pensarlo. Aunque pensarlo no tiene nada de malo. Después de todo, si yo aceptara sería la primera vez.
Muchas de mis amigas han tenido más de una aventura, cientos de aventuras ¿y quién se dio cuenta? Nadie.
Qué mirada tan dulce tiene... Claro, esa es la trampa: la mirada dulce, y después...
Ay, por Dios. Se levantó y viene hacia mí con un ramo de flores en la mano. Yo me muero. ¿Qué hago? Viene decidido hacia mí, me sonríe ¡qué buen mozo es!"
- Disculpe, ¿me permitiría correr esta silla que está a su lado?
- Eh, ¿cómo?. Ah, sí, sí, claro.
- Es para que pueda pasar mi madre.
Jorge A. Baladrón
28-8-01