I
Catriel tuvo un instante para preguntarse cómo pudo pasarle eso a un mapuche, sólo un instante. Luego fue descendiendo a saltos desenfrenados quince o más metros por el cañadón. Volvió a preguntarse por qué no escucharon las voces de la montaña. Calculó dónde habría terminado la rodada de Nelken bajo el gran alud de nieve, y ahí, hasta sangrar sus manos, trató de liberar a su amigo antes de que se lo llevaran los helados dioses de la montaña.
Nelken había fijado su última mirada en los enormes ojos miel de su amigo Catriel, quien de espaldas al gran peñasco no recibió el mismo impacto. Luego Nelken perdió noción del momento. La montaña, el cielo, la vida quedaron envueltas en un enorme y adormecedor manto blanco. No sintió miedo, sabía que cerca suyo estaba Catriel.
II
- ¡Andate, Lisandro!- Gritó con toda energía, convencido de que las fuerzas de su caballo ya no respondían.
- ¡Metele lonja, salvate!-, continuó.
Luego un insulto y una polvareda que no le permitió ver la mejor suerte de su amigo a quien la partida de milicos, por lo menos esta vez, no agarraría. Él, en cambio, se sintió rodeado y perdido. Distinguió algún que otro rostro crispado hasta que sintió el golpe de la guacha, primero en el lomo, después en la cabeza.
Antes de caer en ese abismo brumoso de la inconsciencia, pensó en Lisandro. Sabía que no había que temer, que había escapado, que pronto estarían juntos.
III
La orden era clara: desplazarse hacia el bosque que estaba detrás del monte Lacen. Dardo tomó el brazo de su amigo, no necesitaba palabras, además en el fragor de la guerra serían inútiles. En ese leve contacto, Esteban supo que Dardo estaba marcando el camino, el ritmo de marcha y también el grado de esperanza.
De repente, una ráfaga de disparos, una lluvia de balas trazadoras. El estupor de Dardo, un ardor agudo y seco en su pecho y una mirada intensa y final a los ojos de Esteban. Aun en plena oscuridad, éste devolvió el gesto.
Entonces fue Esteban quien tomó de un brazo a Dardo en un intento de detener su caída. Todo estaba dicho en el mensaje tierno y protector que sus manos transmitieron. Para Dardo, sólo para él, los ecos de la guerra se fueron apagando lentamente hasta envolverlo en un último sonido de noche eterna. Entonces ni siquiera tuvo miedo a la oscuridad.
Disparador: Coplas del tala y la morera
Luis Raúl Luna
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