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Taller Literario

 

El Bar



Triste, alicaído y avejentado, el bar de la ciudad brilla como la luz de una vela agonizante en medio de un enjambre de poderosas luciérnagas de neón alborotadas. El umbral de mármol ausente, la ardua puerta de madera labrada, vencida; las amplias ventanas resguardadas por rejas de hierro forjado herrumbradas, y un farol encendido en el recuerdo lloran en amargo silencio el pretérito esplendor. Nada hay en la fachada del bar que lo evidencie, salvo su abandono. Si hasta los carteles que lo anunciaban, y que habían llamado la atención de tantos personajes que amenizaron sus noches con joviales cantos y amables borracheras, se habían diluido como esfinges de arena en el mar.
En el interior, el piso de madera con ausencias, mesas de tres patas, sillas muertas, algunos candelabros ciegos cubiertos con cera derretida antaño y una espesa capa de polvo ancestral, aumentan su apariencia de olvido.
El aire, inundado por el acre aroma de jamones rancios, mixturado con el perfume del tanino de vino seco que ya no huele a fruta añeja sino a madera podrida.
En un rincón, el más alejado de la luz, junto a la puerta que conduce al sótano donde esta la antigua y vacía bodega, que nadie se atrevería a visitar, sentado en una silla, inmóvil, provisto de una botella de vino tinto que siempre guarda una última gota, yace un viejo cliente olvidado, que bebe con la constancia y la fluidez de los ríos. Su presencia está lejos de darle algo de vida al lugar, más bien lo torna más muerto; como una hoja seca en un mar de hojas más secas. La apariencia del viejo, casi espectral, como una sombra de fantasma, se asemeja al frente del bar: estropeado, descolorido, inmóvil e infinitamente triste. Pero existe en el rostro del viejo bebedor una terrible particularidad, sólo develada a los incautos de corazón caliente. El viejo tiene los ojos cerrados, ventanas del pasado de hierro clausurado.
Nunca nadie ha entrado en el bar olvidado, nadie ha visitado al viejo para acompañarlo en su constante beber de ojos cerrados, nadie ha oído entrar o salir del bar algún sonido en mucho tiempo. Sin embargo el viejo es feliz, y su dicha es antigua y desvencijada como el lugar que lo rodea, y siempre será así, eternamente, o hasta que por descuido o por propia decisión, el viejo abra los ojos y note con estupor que la botella, la mesa, la silla, el bar deteriorado y toda la ciudad, desaparecen con la primera imagen y se encuentre solo, en medio de un terreno baldío, siendo un niño que juega con una hormiga, sin siquiera sospechar que allí donde realiza sus juegos infantiles, se levantará imponente y envejecerá, el bar que albergará, en el porvenir, a su propio fantasma de ojos cerrados, eterno bebedor.

Pablo Videla
Septiembre de 2002

 

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