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Taller Literario

 

Menos mal que las hormigas no son grandes


Sucedió una vez en un lugar lejano, un reinado despiadado con infinitas delincuencias. Su rey, Flavio Esquibel, era un individuo cruel y sádico que se regocijaba con el sufrimiento de su pueblo. Sólo algo lo inquietaba en aquellas noches de estío en las que la falta de sueño combinada con el calor, lo remontaba a lugares insólitos en su mente y le sonsacaba a ésta cosas sumergidas años atrás en mares de eternos olvidos dorados. Era algo que lo torturaba lentamente y abarcaba sus pensamientos cada vez más a menudo, ya dejando de ser una pesadilla o un vago sueño para ser parte de una terrible realidad que pronto se avecinaría sobre él. ¿Por qué aquel escuálido hombre había pronunciado tales palabras? ¿Qué había querido decir con ellas? ¿Cómo el consejo de un anciano podía llegar a ser tan mortificante? Tales preguntas eran lanzadas al vacío repetidamente sin que nadie llegara nunca a rescatarlas. A su cabeza llegaban prontas respuestas, que eran rechazadas rápidamente antes de ser consideradas, pues sólo el hecho de hacerlo acataría aquella decisión descartada antaño por su cerebro. No, nunca iba a renunciar. Nunca, nunca. Deberían matarlo antes, pues ese había sido su juramento para con él mismo. Nunca iba a renunciar. Su pueblo debía obedecerlo sin quejas ni disturbios. No cabía posibilidad alguna en esa estúpida teoría.
Todo esto pasaba por la ingenua cabeza del monarca, mientras afuera en los alrededores del oscuro palacio, el silencio nocturno reinaba por doquier. Solo la habitación del soberano seguía con vida en aquella noche. En ella un hombre se retorcía y, frenéticamente, desordenaba sus cabellos como para encender su cerebro y hacerlo funcionar todavía más rápido. Luego de varios minutos, todo quedó calmo en el cuarto. El rey había cesado de moverse. Finalmente había comprendido, había permitido que aquella respuesta entrase en su mente y esta la había conducido a una única decisión.
La luna se escondió en el vasto horizonte y los tibios rayos de la luz matinal dieron comienzo a un nuevo día. El mayordomo de Su Majestad ingresó al dormitorio. Se oyó un escandaloso grito y todos en el palacio corrieron hacia aquel cuarto. Pudieron contemplar la increíble escena. El rey estaba muerto, sentado su cuerpo al pie de la cama y en el pecho un gran puñal hundido hasta el corazón, que sujetaba fuertemente una nota escrita en sangre: "Las hormigas NUNCA serán grandes". Al día siguiente el pueblo veló al finado monarca y se apoderó totalmente del poder. Entre ellos un hombre viejo, de ojos lagañosos pero sabios, reía apaciblemente.


Fin

Guido Tanoni
Diciembre de 2002

 

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