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Menos mal que las hormigas no son grandes
Sucedió una vez en un lugar lejano, un reinado despiadado con infinitas
delincuencias. Su rey, Flavio Esquibel, era un individuo cruel y sádico
que se regocijaba con el sufrimiento de su pueblo. Sólo algo lo inquietaba en aquellas noches de estío en las que la falta de sueño combinada con el calor, lo remontaba a lugares insólitos en su mente y le sonsacaba a ésta cosas sumergidas años atrás en mares de eternos olvidos dorados. Era algo que lo torturaba lentamente y abarcaba sus pensamientos cada vez más a menudo, ya dejando de ser una pesadilla o un vago sueño para ser parte de una terrible realidad que pronto se avecinaría sobre él. ¿Por qué aquel escuálido hombre había pronunciado tales palabras? ¿Qué había querido decir con ellas? ¿Cómo el consejo de un anciano podía llegar a ser tan mortificante? Tales preguntas eran lanzadas al vacío repetidamente sin que nadie llegara nunca a rescatarlas. A su cabeza llegaban prontas respuestas, que eran rechazadas rápidamente antes de ser consideradas, pues sólo el hecho de hacerlo acataría aquella decisión descartada antaño por su cerebro. No, nunca iba a renunciar. Nunca, nunca. Deberían matarlo antes, pues ese había sido su juramento para con él mismo. Nunca iba a renunciar. Su pueblo debía obedecerlo sin quejas ni
disturbios. No cabía posibilidad alguna en esa estúpida teoría. Fin Guido Tanoni
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Pje. Adrogué (ex Constitución) 186 |
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