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El Teatro
El telón rojo y flameante se deslizó cuidadosamente por el escenario, pero no dio a luz a ningún artista. Sólo oscuridad y hollín había ahora allí. El polvo colmaba los muebles actualmente inútiles y devorados por el tiempo. Todo era sombrío y lúgubre en aquel teatro en el que antaño miles de personas se congregaban para pasar un buen rato juntos y cumplir con la salida del domingo, antes de ir a misa y volver a casa para prepararse la cena y comenzar una nueva semana laboral. Montones de risas y voces se oían en ese entonces, pero hoy en día, el silencio es rey y sólo se escuchan los sigilosos movimientos de diminutas alimañas que garabatean un camino en el mar de polvo. " y me cubrieron con el manto violeta. Luego de un tiempo deduje, que se referían a mí cuando usaban el término "ESPEJO", aunque nunca antes me habían llamado de esa manera.
Pasaron los años y hasta las décadas, y, por fin, a finales del año 1998, sucedió lo que tanto había sido esperado por mí: reabrieron el teatro. Y digo por mí, debido a que los demás están muertos, incluyendo al pobre Don Candelabro Juárez. Pero la gente no había olvidado, y fue por eso, que quienes vinieron a limpiarme, trataron especialmente de no hacer ruido alguno, pensando tal vez que estaba dormido. Y aunque no lo estaba me pareció un esfuerzo tan notable que los dejé que hicieran todo lo que quisieran. Me limpiaron, me rociaron con agua y me limpiaron nuevamente sin olvidar ni el más mínimo detalle, y por último, me pegaron un cartel, que no alcancé a leer hasta luego de unos días. Lo descifré el mismo día en que se hizo el primer asado libre para celebrar la reinauguración del lugar, y me pareció tan estúpido que hasta me dio rabia y me propuse cometer otra de mis travesuras en aquella noche. Llegada la misma, la gente comenzó a amontonarse en las mesas y la lujuria volvió a copar el teatro. Y la gente empezó a mirarme nuevamente y a sonreír o asustarse y llevar rápidamente su mano a la nuca para llegar al mechón de pelo suelto que los tenía tan consternados. Pero uno en especial se detuvo a leer el cartel que tanto me había costado a mí leer y dijo en voz alta y con sorna: "NO TOCAR NI APOYARSE EN EL ESPEJO, GRACIAS"- dijo, y comenzó a reírse a carcajadas mientras, como desafiando al letrero, me tocaba con un dedo y se apoyaba. Pero, para mí, ya había ido demasiado lejos, me enfurecí y, así sorpresivamente, me lo tragué. Se puso blanco mientras le consumía el brazo y su gritó alcanzó a advertir a la gente que, volviéndose hacia mí, salió corriendo pegando alaridos. Y, así, volví a cometer el mismo error de hace unos años pero, al menos, el hambre no me torturará por unos cuántos años.
Fin Guido Tanoni
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Pje. Adrogué (ex Constitución) 186 |
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