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Taller Literario

 

La historia según el Gato


Técnica usada: Luego de Leer "Corazón delator" de Edgar A. Poe, recrear la historia desde el punto de vista del gato

Hacía años que vivía en esa casa con el anciano. Le tenía cariño al anciano. Me encantaba su mirada; era, en parte, muy parecida a la mía. Cada vez que posaba sus ojos en mí, me sentía muy reconfortado. Pasé muchas buenas tardes con el anciano, nos sentábamos en el gran sillón de mimbre y observábamos la nada cuidadosamente mientras oíamos las excelsas notas de alguna sinfonía de Mahler, Beethoven, Tchaikovski que salían del fonógrafo plateado.
Pero de repente, luego de cinco años, el viejo se cruzó con un pordiosero y sintió lástima por él.
Qué gran corazón tenía mi amo. Tanto que lo instó a quedarse a vivir con nosotros a cambio de que lo cuidara en su vejez.
Así fue como mi amigo, mi gran amigo, el viejo, me dejó de lado para atender a ese ingrato muchacho que no dejaba de hacer tonterías y de pasearse torpemente por la casa.
Y le tomé rabia a ese imbécil que no dejaba de sabotear mis derechos y pertenencias aunque ni siquiera lo notara.
Y me propuse lo que me propuse.
Tal vez, de esa manera, finalmente se alejaría y me dejaría en paz. Entonces luego de tres días puse en marcha mi plan y todos los días a la medianoche me acercaba a la habitación del joven. Mientras él dormía colocaba un pequeño reloj debajo de su almohada de algodón.
Con el tiempo noté que mis artilugios daban resultado. El muchacho contestaba de mala manera al viejo y lo observaba con recelo.
Estaba logrando el efecto que quería en él. Lenta y paulatinamente lo estaba volviendo loco.
Todo marchaba bien, demasiado bien. Por eso fue que me sorprendí cuando mató al viejo. Fue un giro increíble en mi plan perfecto.
Primeramente no supe bien qué hacer, luego influenciado sobremanera por la cólera y el odio, después de que los policías lo encerraron en la cárcel de menores esperé a que se durmiera en su catre de hierro y lo ataqué mientras los guardias dormitaban.
Lo maté, lo enterraron y lloraron sus familiares por él.
Nuevamente esperé. Esperé que todos se fueran, esperé que la noche asechara con sus negras fauces y comencé a escarbar la recientemente alisada tierra. Luego abrí la tapa del ataúd y lo miré a él nuevamente a la cara.
Coloqué un pequeño reloj debajo de la cabecera de algodón. Cerré la tapa y escuché. Atentamente escuché. Mientras me regocijaba de alegría y una sonrisa se dibujaba en mi rostro, pude escuchar, como si viniera de lejos, un sórdido alarido de terror y, como al compás de una rotunda y misteriosa marcha, un ruido creciente: TIC - TAC, TIC - TAC...

Guido Tanoni
Agosto de 2002

 

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