Era mi mayor deseo, doctor: tener su imagen en mi mesita de luz. Lo deseé por primera vez luego del accidente fatal de mis padres. Hasta pensé en robar la estatua de la madonna. Algunas veces, mirándola desde la ventana de mi cuarto, imaginé que un corte general de luz, cruzaba hasta la plaza y la robaba. No sabe, doctor, las veces que lo pensé. Por fin alguna vez abandoné ese pensamiento, no por el delito que implicaba, ni por el esfuerzo: decidí no ser egoísta. Si con sólo mirarla y pedirle sentí su ayuda en tantos –demasiados- momentos de dolor, seguramente su influencia benefactora era recibida por otras personas, a quienes yo no tenía derecho de robarles la imagen.
Sin embargo, esa lógica reflexión no calmaba el deseo de tenerla en mi habitación.
Fue entonces cuando tuve la idea: por qué no empapelar las paredes de mi cuarto con miles de fotografías de la madonna.
Qué hice entonces, doctor. Compré una cámara, un libro de técnicas fotográficas e instalé un cuarto oscuro de revelado en otra habitación.
¿No le parece, doctor, que fue una buena idea?. ¡Qué va!. Entonces comenzó la odisea que hoy me tiene en este diván.
Mire, leí el libro en una noche. Al día siguiente, temprano, armé el trípode, cargué la cámara y la monté. Esperé hasta las diez y media para tener el sol a 45°. Buscaba el mejor contraluz posible. Yo le daría a la madonna todo el maquillaje que la naturaleza podía ofrecer. Me costó concentrarme esa primera vez, la idea de tener la primer foto de mi madonna despertaba en mí una ansiedad enorme, asfixiante, casi insoportable. Viví el momento previo en demasía. Busqué el mejor ángulo, descarté aquellos en los que la arboleda de la plaza minimizaba su imagen. Me atreví a mirar directo al sol para calcular la trayectoria de sus rayos, hasta que el momento llegaba, no podía contenerme más. Apreté el disparador una, dos, tres veces. Entonces, recién entonces, sentí que todo mi cuerpo se relajaba. Aún bañado en excitación, recogí mis cosas y corrí al taller de revelado.
¿Puede usted imaginar, doctor, igual intensidad de emoción, pero en negativo?. Nunca antes, negativo alguno fue más negativo que estos. Se veía en las fotos el cuadro de fondo de la plaza pero la madonna no aparecía en ningún lado.
Las siguientes semanas sólo fueron una rutina de esfuerzos y decepciones. Cambié de películas, cámaras, horas de exposición y siempre el mismo resultado. A veces siguiendo mi mejor criterio; otras, consultando especialistas, fotógrafos de años, y todo en vano.
Una mañana de aquel otoño, Sergio Rolta, un conocido retratista de Longchamps, me escuchó entre paciente e intrigado. Me dijo que quería ver el lugar. Lo llevé a la plaza, nos paramos frente a la madonna y lo único que hizo, luego de preguntarme tres veces dónde estaba la estatua, fue cruzarse a la iglesia y hablar con el cura. Se marchó sin siquiera saludar y al día siguiente vino usted con dos enfermeros a buscarme a casa.